Una ciudad que todavía se llama París

Periódico Irreverentes

Marcelo Filzmoser

Por aquel entonces yo usaba otro nombre. Era una más de las costumbres con las que me engañaba en secreto y que sostenían la idea de que mi vida valía más que la de un vendedor de autos usados. Ahora, que soy viejo y que la gente me llama desde hace años de la misma manera, entendí que pocas cosas fueron tan reales. Dicho de otro modo, creer que me engañaba era también parte del engaño. Yo fui todos aquellos que inventé mucho más del que soy ahora. Por eso sé que estoy en condiciones de juzgarme, a mí, al que fui en esos años. Nunca a ella.

El hecho de dejarla ir parece trascendental, cualquiera diría que en ese instante se definieron los siguientes veinte años de mi vida. No es cierto. Un parque del que no me acuerdo ni siquiera el nombre, un invierno desganado que…

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Lo que somos

Genial, amigo Miguel. Un abrazo.

Periódico Irreverentes

Miguel Rodríguez

La creación de las aves (1957)-Remedios Varo

De pequeño, cuando era niño, yo no sabía que era un niño, es decir: no sabía que no era un monstruo. Esto es algo que me tocó, no se elige, nací así y punto. De igual manera, tampoco mis amigos monstruos pidieron no nacer niños, hay desgracias que no suceden hasta que uno se pone a examinarlas.

A veces, cuando tenía fiebre, mis amigos venían a jugar conmigo en mi casa, tomábamos juntos la merienda y hablábamos de cosas ligeras e intrascendentes. Ninguno intuíamos la relevancia de las cosas adultas, ni debatíamos sobre quién fuera monstruo o niño, o si alguno de nosotros pudiera ser distinto al resto. Tal desinterés acerca de nuestra naturaleza primaria nos proporcionaba una consciencia compartida de niños-monstruos, una condición igualitaria que desarrollamos más tarde en la vida. Así, esta duplicidad nos sirvió para jugar y crecer…

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La almohada

Genial, sin duda.

Periódico Irreverentes

Miguel Rodríguez

Era un trámite, solo tenía ya que pasar por aduanas, como todo el mundo, como siempre, y este gigante me para y me mira con sospecha, como si efectivamente me conociera de todas las otras veces.

– ¿Algo que declarar?

‘Solo mi amor, gilipollas,’ pienso, pero solo lo pienso, y él me aparta, abre mi equipaje de mano como si me hubiera oído e inspecciona sin el mínimo pudor mis intimidades, la pasta de dientes, los pañuelos, todo va bien hasta que mueve una camisa y deja al descubierto mi almohadita, a la que duermo abrazado todas las noches y que siempre viaja conmigo. En ese instante, más que en ella se fija en mi cara. Se da cuenta de su intromisión, de la peculiaridad, y procede a examinarla con cuidado: la levanta, la huele, la espachurra y, ante mi sorpresa, se la lleva. ‘Esto es como secuestrar…

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